Los califas de Córdoba, coleccionistas de antigüedades clásicas y objetos exóticos.

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Las crónicas antiguas nos habían transmitido la faceta coleccionista de los califas omeyas de Córdoba, en especial de ‘Abd al-Rahmān III y su hijo al-Hakam II, cuya biblioteca, según dicen, llego a albergar más de cuatrocientos mil libros procedentes de todos los rincones del mundo conocido. Desgraciadamente a los libros de esta biblioteca no les esperó otro destino que el saqueo o el fuego. Pero hoy día la ciencia arqueológica está proveyéndonos de nuevos registros materiales para atestiguar y conocer la práctica del coleccionismo en la corte omeya, en este caso a través de obras de arte.

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Un folio extraído de un Corán andalusí del siglo XII.

Las obras de arte de las que estamos hablando son estatuas y sarcófagos antiguos, reutilizados en Córdoba y la ciudad palatina de Madīnat al-Zahrā’.

De las estatuas en particular que conocemos por las fuentes nada nos ha quedado, aunque han aparecido restos de esculturas fragmentadas, como una herma que una vez decoró Madīnat al-Zahrā’. Las dos estatuas más famosas decoraban las puertas de acceso meridional a la ciudad de Córdoba y a la ciudad palatina, por lo que ambas recibían en tiempos el nombre de bāb al-Súra, es decir, “puerta de la imagen“. Ambas eran estatuas romanas que representaban a jóvenes mujeres desnudas, probablemente identificables con la diosa Venus, lo cual dio lugar a la romántica historia que atribuía a estas estatuas la identidad de la hermosa Zahrā, concubina preferida de ‘Abd al-Rahmān III, que a la sazón habría dado nombre a la suntuosa ciudad-palacio.

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Fantasía morisca del pintor contemporáneo César Estrany.

Hoy, los estudios más modernos, como el de Susana Calvo, proponen que estas estatuas tenían una triple función: a) apotropaica, es decir, protectora, lo cual explica que se ubicaran sobre las puertas b) de prestigio, por enlazar con el mundo antiguo y la tradición clásica, que fue un referente a lo largo de la Edad Media, tanto para los cristianos como para los musulmanes, y c) dinástica, porque la estrella Venus, conocida por los árabes como al-Zuharā’, se identificaba como el astro de al-Ándalus y  protectora de la dinastía omeya. Además, ya los textos de la época, y esto es clave a la hora de hablar de coleccionismo, nos explican de que estas estatuas se valoraban, además, por su componente estético, o lo que es lo mismo, los árabes medievales de al-Ándalus valoraban el arte antiguo por su belleza y lo incorporaban a sus construcciones.

En cuanto a los sarcófagos, se han hallado en número de cuatro, y todos ellos presentaban las convenientes perforaciones que permitían usarlos como pilas de fuentes, que situadas en los patios de Madīnat al-Zahrā’, refrescarían los ambientes abrasados por el sol, que incide con fuerza sobre la sierra de Córdoba en los meses del estío. El estado de conservación de los sarcófagos-pila no es demasiado bueno, pero sí lo suficiente como para descifrar el tema que los decoraba, a saber: el hallado en el “patio de los relojes“, representa la Puerta del Hades, el procedente del “patio de los pilares“, la caza de Meleagro, y dos hallados en el entorno del jardín bajo, están decorados con escenas báquicas y una escena de filósofos y musas, respectivamente. Son todos de una excepcional calidad y están atribuidos a talleres romanos de los siglos I al III, que los labraron en mármoles ricos procedentes del Egeo. Debían provenir de antiguas necrópolis de la ciudad de Córdoba, destacado centro romano conocido como la Colonia Patricia Cordvba.

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Sarcófago de la caza de Meleagro.

La citada investigadora, Susana Calvo, propone una interpretación para comprender el uso de estos sarcófagos-fuente en Madīnat al-Zahrā’, que los vincula al renacer de la Antigüedad clásica en el al-Ándalus califal, y relaciona el emplazamiento de los restos antiguos con los espacios que en la ciudad palatina debieron asociarse al estudio y las ciencias, como el “patio de los relojes” así llamado porque en el mismo aparecieron varios cuadrantes solares. Allí, los sabios y astrónomos al servicio del califa habrían llevado a cabo sus estudios rodeados de un ambiente clásico, y sarcófagos como el de las Musas y los filósofos parecen apoyar esta interpretación, pues no hay que olvidar que Aristóteles, uno de los filósofos griegos por excelencia, fue, en el Islam medieval, el gran referente científico y filosófico.

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Fragmento del sarcófago de tema báquico, detalle de una ménade.

Pero, ¿Pudo llegar tan lejos el afán coleccionista de los califas como para importar ellos mismos obras clásicas, y no sólo servirse de aquellas procedentes de Córdoba y otras ciudades hispanas? Un caso que puede darnos una pista acerca del tema lo encontramos en el relato de una embajada andalusí a la capital del Imperio Bizantino, Constantinopla. Según el relato de al-Maqqarí…

“Entre las maravillas de Az-Zahrá, (…) había dos fuentes, con sus pilas, tan extraordinarias en su forma, y tan valiosas por su exquisita artesanía, (…) que constituían el principal ornamento del palacio. La más grande de las dos, que era de bronce fundido, estaba hermosamente decorada con bajorrelieves representando figuras humanas, y fue traída al Califa desde Constantinopla por Ahmad el griego (Al-yunáni, اليوناني, ¿el filósofo, الفيلسوف?) y Rabí, el obispo (Rabí ibn Zayd = Recemundo, obispo de Elvira). Todos coinciden en que tal era el gusto de los diseños de aquellas fuentes, y la magnificencia de sus materiales, que su valor estaba casi más allá de lo estimable. La más pequeña parece haber sido, sobre todas las demás, una auténtica maravilla del arte. Fue traída de lugar en lugar hasta que llegó a un puerto, donde fue subida a bordo de un navío y llevada a Al Andalus. Cuando el Califa la recibió, ordenó que se colocara en el dormitorio del salón oriental, llamado Al-Múnis, y le fijó doce figuras, (…) representando diversos animales: (…) un león, un antílope, un cocodrilo, un águila y un dragón, una paloma, un halcón, un pavo real, una gallina, un gallo, un milano real y  un buitre. Todos, además, estaban ornamentados con joyas, y el agua brotaba de sus bocas”

Otra fuente añade que la segunda pila procedía de Siria o del interior de Asia Menor, pero probablemente embarcó rumbo a al-Andalus en Constantinopla. Era de color verde y “tenía grabados y esculturas antropomórficas y no tenía precio.” Fue instalada en el salón oriental de la residencia del califa llamado Al-Múnis.

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Cierva de bronce procedente de Madīnat al-Zahrā’ que recuerda a las figuras que decoraban las fuentes bizantinas.

En definitiva, el califa ordenó disponer en su palacio, en el esplendoroso salón de al-Múnis, que se nos describe recubierto de oro, plata, marfil y piedras preciosas, estas dos pilas, una de bronce y otra de mármol, decoradas con relieves antropomorfos. Sin embargo, la descripción de estas piezas resulta cuanto menos sugerente, y puede recordarnos a objetos más clásicos que bizantinos, sobre todo porque no se conservan, labradas por esta cultura, pilas de fuentes suntuosas, pero su descripción sí coincide con el aspecto de un sarcófago romano. Sea cual fuera su procedencia última, la importación de estas dos fuentes desde el otro extremo del mediterráneo nos ponen en contacto con el afán coleccionista de los califas. Otro episodio, en este caso asociado a un objeto exótico, también tiene que ver con una embajada bizantina…

“En el centro de esta estancia [el salón del trono, Qasr al-Kholafá, ألخليفة قصر], o de acuerdo con otros, en lo alto de la fuente descrita anteriormente, que ellos sitúan en este lugar, se colocó la perla única regalada a An-Nássir por el emperador de los griegos, León , entre otros valiosos objetos.”

En esta ocasión ‘Abd al-Rahmān III depositó esta perla descomunal, por su tamaño y  belleza, sobre una de estas fuentes de las que hablábamos, quizá imitando el pabellón que el emperador Teófilo se había construido para habitar en su palacio de Constantinopla, conocido como Margaritis, es decir, “la perla“.

Acabaré este repaso por la faceta coleccionista de los califas acercándome a los libros, de los cuales hablaba al principio de este post. Entre los brillantes regalos que llegaron de Bizancio, los califas valoraron especialmente los libros. Uno de los más importantes de entre los que llegaron a Córdoba procedentes de la ciudad del Helesponto fue una copia iluminada del célebre tratado de botánica de Dioscórides: 

“Cuando este príncipe [Abd-al-Rahman III] reinaba entonces en España, recibió (…) de parte de Romano, rey de Constantinopla, una carta y regalos de valor considerable. Entre estos presentes se encontraba el tratado de Dioscórides, donde las plantas habían sido representadas de una manera admirable por un artista griego. La obra estaba escrita en griego (…). El emperador romano decía en su carta que sólo podía obtenerse provecho del Dioscórides con un traductor avezado en el griego y que conociese las propiedades de esas drogas. “Si tienes en tu país a alguien”, decía, “que reúna estas dos condiciones, sacarás, oh rey, la mayor utilidad de este libro. An-Nássir respondió al rey Romano, le pidió que le enviara un hombre que supiera hablar griego y latín, y que pudiera instruir esclavos destinados a ser traductores. El rey Romano le envió entonces a un monje llamado Nicolás que llegó a Córdoba en el 340 [junio 951-mayo 952]. Había entonces en Córdoba una serie de médicos que investigaban, indagaban y buscaban con avidez  el modo de determinar los nombres que figuraban en el Dioscórides (…) el más interesado y diligente entre ellos era el judío Hasday ibn Sáprút.  El monje Nicolás pasó a ser para él la persona más íntima y apreciada. Así pudo comentar los nombres de los simples del libro de Dioscórides que aún eran desconocidos [en lengua árabe].”

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Folio 6v, zarzamora común, Dioscórides de Viena, ca. 515, ÖNB.

La obra de Dioscórides (s. I d.C), de Materia Medica es uno de los textos clásicos más importantes sobre botánica y medicina y tuvo una importante repercusión en la Edad Media. En al-Andalus sólo circuló una versión incompleta procedente de Bagdad hasta la llegada del ejemplar bizantino y la traducción de Nicolás. Aparte de su valor científico, obras como el Dioscórides iban frecuentemente ilustradas. En el texto ya se destaca el valor de sus ilustraciones, pues las “plantas habían sido representadas de una manera admirable por un artista griego”. Un ejemplar famoso conservado, el Dioscórides de Viena, realizado en Constantinopla para la patricia Anicia Juliana ca. 515, contiene más de cuatrocientas ilustraciones de excelente calidad que nos pueden dar una idea sobre la naturaleza del volumen que nos ocupa, cuya fecha de elaboración no conocemos. Otro ejemplo, menos suntuoso pero coetáneo al califato de Córdoba es el Dioscórides de la biblioteca Morgan, iluminado en el siglo X. Desde su traducción el Dioscórides se convirtió en un libro de cabecera para los científicos de al-Andalus: médicos, botánicos, agrónomos y filósofos, desde Abulcasis a Averroes o al-Baitar. Además, se ha destacado su importancia en la introducción de nuevas especies vegetales en al-Andalus y su influencia en la jardinística andalusí e islámica en general. El jardín se llenó con todas las especies conocidas, valorables por su aspecto, su aroma o sus cualidades medicinales, tratando de emular el Paraíso.

Autor: Alfredo Calahorra Bartolomé

 

Bibliografía:

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