La colección de arte del Palacio de Lauso

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En el mundo antiguo oriental y griego el coleccionismo nunca existió como lo concebimos hoy. El arte fue un elemento ya religioso y de culto, o de propaganda, spolia ornato o representación política, pero nunca objeto de acopio por su valor intrínseco. Si acaso en el mundo helenístico pero sobre todo en Roma es cuando el arte se concibe per se y se forman las primeras grandes colecciones. De no ser así Plinio nunca hubiera podido afirmar que “no hay ningún romano culto que se precie no tenga en su jardín una copia del sátiro de Praxíteles”. Y de no ser así, tampoco se hubiera llevado al foro de Augusto el Laocoonte, ni a las termas el Toro y el Hércules Farnesio, o al templo de Apolo Medico Sosiano el grupo de las Nióbides. Este tipo de consideraciones nos ponen en contacto con una sociedad, la romana postaugustea, que consume arte en masa por razones culturales y estéticas ajenas hace ya tiempo a lo político y lo religioso; es, en definitiva, el origen del coleccionismo de arte y antigüedades tal y como lo conocemos hoy en día: una mezcla de gusto por los objetos antiguos y artísticos con mucho de obsesión y de fetiche, también de snobismo, de cultura verdadera o de pretensión de cultura, de alarde de clase y status…

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Anicia Juliana, una aristócrata bizantina del fines del siglo V. Fue representante del buen gusto de su época y encargó el lujoso Dioscórides iluminado, cuyo frontispicio pudo inspirarse en la “museografía” del Palacio de Lauso.

Sería de necios afirmar que esta noción se perdió en la Baja Época, y más aún en Oriente, donde las embestidas de los bárbaros se sobrellevaron con mejor fortuna y la “romanidad”, la romanitas, sobrevivió intacta, con el matiz cristiano, hasta casi el final de la Edad Media. Me refiero, claro está, al Imperio Bizantino. Es sorprendente como a día de hoy entre personalidades del mundo académico se sigue manejando una “cronología social” que sostiene que con la caída de Roma (habrá que entender, la occidental) los usos y costumbres de los orientales mudaron completamente para conformar una nueva civilización totalmente distinta y ajena a la anterior romana. Ya que este blog trata de coleccionismo y arqueología, la colección de arte de Lauso, un eunuco constantinopolitano del siglo V, puede ser un argumento perfecto para demostrar como esas fechas a las que convencionalmente damos tanta importancia, en este caso la caída de Roma y el surgimiento de Bizancio, no constituyeron en realidad una abrupta ruptura con la cultura romana, sino que ésta conservó sus formas hasta bien entrado el medievo.

Centrándonos en el asunto, decía, el coleccionismo tal y como lo conocemos hoy se originó y se convirtió en un rasgo característico de las clases dominantes romanas. Como avanzaba en el párrafo anterior, este tipo de costumbres no decayeron en absoluto en la Baja Época. De hecho, este eunuco Lauso fue quizá el dueño de la colección más importante jamas reunida de arte clásico desde la Antigüedad hasta nuestros días. Este personaje era ya conocido para los filólogos e historiadores desde siempre; fue el promotor de una historia eclesiástica que lleva su nombre (“Historia Lausiaca”) y según la misma sabemos que fue praepositus sacri cubiculi en Constantinopla hacia 420, siendo este un cargo destacado por su cercanía al emperador, y uno de los más altos a los que podía aspirar un eunuco. Es decir, se trataba de un alto funcionario asociado a las élites más escogidas del Imperio. Sin embargo, el personaje empezó a ser interesante para los historiadores del arte cuando se recogieron, en fuentes tardías, noticias acerca de una importante colección de escultura reunida por Lauso.

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Una copia romana de la Afrodita de Cnido, el primer desnudo femenino de la escultura griega. El original de Praxíteles estuvo en la colección de Lauso.

Cedreno escribió en el siglo XI y Zonaras en el siglo XII. Ambos se refieren a la colección de Lauso al narrar la destrucción del centro de Constantinopla durante la revuelta de Niká, arrasado por el incendio originado por la turba rebelde. Desgraciadamente para el patrimonio universal, el palacio de Lauso se encontraba en esta zona y tanto el complejo edilicio como las obras de arte que contenía fueron pasto de las llamas. Según Cedreno entre las obras perdidas estaban: “La Afrodita de Cnido de mármol blanco, desnuda, que cubría sus virtudes con las manos, obra de Praxíteles. También (…) el Zeus elefantino de Fidias, que Pericles dedicó en el templo de Olimpia” y añade que “se destruyeron muchas estatuas antiguas conservadas en su palacio, entre ellas la destacada Afrodita de Cnido.” Zonaras aumenta el índice de obras destruidas añadiendo ” la Hera de Samos, la Atenea de Lindos, la Afrodita de Cnido, todas ellas famosas obras maestras.” Entre otras obras expuestas en el palacio antes de la trágica revuelta de 532, un Eros y un Cronos de Lisipo, por ejemplo. Además, había muchas estatuas de animales de época helenística. En fin, como se puede apreciar, el exquisito gusto de este eunuco abarcaba desde obras arcaicas, hasta otras del segundo clasicismo de siglo IV y el temprano helenismo, bien representado por Práxiteles y Lisipo. Como órdago de toda la colección, se trasladó al palacio la estatua monumental del Zeus de Olimpia, tallada en oro y marfil por Fidias en el siglo V a.C.

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Planta de las ruinas tradicionalmente consideradas como el Palacio de Lauso.

Aunque a día de hoy existen algunas voces discordantes -como la de Bardill-suelen identificarse con el palacio de Lauso los restos de un importante complejo hallados muy cerca del Hipódromo, hoy plaza Sultanahmet, según propuso el renombrado bizantinista Cyril Mango. Se trata  de una gran basílica de recepción con un gran ábside y otros seis flanqueándolo, a razón de tres en cada lateral. Este edificio está precedido por una gran rotonda, que un día debió asemejarse al panteón de Roma, que a su vez se abre a la calle en un gran peristilo en forma de sigma. Ciertamente, el conjunto hay que fecharlo en el arco cronológico que abarca la vida de Lauso, y su destrucción en el contexto de la revuelta de Niká. Además, como sugirió Mango, el edificio casi parece construido ex profeso para la exposición de todas las obras maestras, habiéndose reservado para el gran Zeus de Fidias el ábside frontal. A ambos lados, el Eros y el Cronos de Lisipo simbolizarían el triunfo de la Virtud sobre la Fortuna. Siguiendo al Eros, puede que se colocaran Hera, Atenea y Afrodita, para recrear el Juicio de Paris.

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Propuesta “museográfica” de Mango para al exposición de las estatuas en el Palacio de Lauso. Identifiquense el Zeus de Olimpia, el Eros de Lisipo a su izquierda, y la Venus de Cnido un poco más abajo.

Fuera este o no el Palacio de Lauso, y ocuparan alguna vez o no aquellas maravillosas obras griegas originales aquel espacio, lo que si está claro es que, en una época ya predominantemente cristiana, y en un contexto palatino y aúlico como de el de la Constantinopla teodosiana, esta colección de ídolos paganos sólamente puede explicarse, como expuso maravillosamente Sarah Basset, por un gusto característico de las élites romanas, formadas en la paideia y en el contexto de la romanitas, que eran capaces de apreciar las obras de arte por su valor intrínseco y su dimensión exclusivamente estética, como alarde de cultura y posición social, pero también como fuente de disfrute personal, sensible e intelectual.

Autor: Alfredo Calahorra.

Para saber más

MANGO, M. VECKERS y E.D. FRANCIS, “The Palace of Lausos at Constantinople and its Collection of Ancient Statues”, en Journal of the History of Collections, 4, (1992), 89-98.

BASSET, SARAH, The Urban Image of Late Antique Constantinople, (Cambridge: Cambridge University Press, 2006)

TALBOT RICE, DAVID “Excavations on the Great Palace of the Byzantine Emperors”, en Actes du Congrès Internationale d’Études Byzantines, Tesalónica, (1953), 464-471.

—, “The Palace of Lausus and Nearby Monuments in Constantinople: A Topographical Study” (1997), en American Journal of Archaelogy, 101, 67-95.

http://penelope.uchicago.edu/~grout/encyclopaedia_romana/greece/hetairai/lausus.html

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