Ut pictura poesis: Tiziano en el Museo del Prado.

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Venus recreándose con el amor y la música, Tiziano. (h. 1555) Óleo sobre lienzo, 150,2 x 318,2 cm, Museo del Prado.

Este es uno de los cinco cuadros de la obra de Tiziano perteneciente a su serie de “Venus”, actualmente se encuentra expuesto en la colección permanente del Museo del Prado junto con uno de los tres cuadros que conforman la tipología de Venus recreándose en el amor y la música. Es un cuadro de mediano formato, su lienzo mide 150,2 cm x 318,2 cm y está trabajado al óleo utilizando la técnica de “pintura de manchas” que éste adoptó en la madurez. Veremos cómo la línea y la delimitación de los contornos no es lo importante, como sucedía en la pintura romana.

Adquieren importancia el uso de la luz y del color, este último característico de la escuela veneciana a la que Tiziano pertenece. Cuando se habla de la escuela veneciana es casi imposible no asociar color y brillo, ya que esta nueva manera de pintar viene precedida por una larga tradición medieval de pintura de iconos a la manera bizantina. Los iconos, con sus fondos dorados resplandecientes ponen de manifiesto el gusto veneciano por este brillo que late con fuerza en la pintura del siglo XVI.

En Venus recreándose en el amor y la música, la figura femenina capta nuestra atención de manera casi instantánea. Su cuerpo parece atraer y a la vez emanar luz, en contraste con el rojo del tejido que cubre el lecho sobre el que está recostada, jugando con el sentido del tacto a través de la visión. Evoca en nosotros el recuerdo del tacto de la tela, posiblemente terciopelo rojo, acariciando el cuerpo suave y desnudo de la figura divina. Su forma recostada invita a recorrer su cuerpo con los ojos hasta que este toca levemente con la punta del pie la forma del organista que la observa embelesado. Se produce un brusco contraste entre ambos cuerpos sin llegar a ser violento, sino meramente una unión que encamina nuestra vista hacia la mano de éste, apoyada sobre el teclado del órgano. Posteriormente desarrollaremos el significado de esta sucesión diosa-músico-órgano.

Al fondo, encuadrando esta escena, Tiziano se sirve de un paisaje. Esta escena secundaria está repleta de simbolismo, como parece ser el caso de toda la obra, pero lo que parece una escena al aire libre sin más no lo es realmente. Todos los elementos están escogidos de manera específica con una simbología muy bien estudiada que también se halla presente en la otra obra expuesta, Venus recreándose en el amor y la música esta vez siendo acompañada por un perro.

La disposición de los árboles y el sendero facilitan la perspectiva y le otorgan a la escena una profundidad que de otra forma no hubiese sido posible, resolviendo exitosamente el fondo. El color aquí también configura una sucesión de planos. Nuestra vista captaría la figura de la diosa, después recaería sobre la fuente del sátiro para finalmente recaer sobre la claridad del cielo despejado. Como podemos observar, la transición entre planos se efectúa gracias a los juegos entre colores y no entre formas.

El debate acerca del simbolismo de estas obras sigue haciendo correr verdaderos ríos de tinta. Algunos historiadores, como Charles Hope, entienden estas obras como pintura erótica con connotaciones pornográficas, sin ningún tipo de pretensión filosófica o doble sentido. Otros, influenciados por el estudio iconológico de Panofsky, sostienen que estas obras serían un vivo testamento, a modo de tratado materializado en pintura, sobre la idea de Belleza y la supremacía de la pintura sobre el resto de artes.

Aceptar esta última teoría conlleva inevitablemente replantearse la obra de Tiziano bajo presupuestos neoplatónicos. Sabemos por los escritos de contemporáneos que los intelectuales de la época gustaban de enzarzarse en debates que trataban de dilucidar cuál de las artes era superior al resto. Hacia 1547, fecha en la que Tiziano estaba trabajando o terminando la obra que nos ocupa, vio la luz Disputa sobre la preeminencia de las artes, de Benedetto Varchi. Este intentaba dar respuesta a una simple pregunta: ¿Cuál es la superior de las Artes?¿Cuál tiene más mérito? Para saber la respuesta, Varchi pregunta a numerosos artistas de la época, como Vasari, Bronzino o Miguel Ángel. La respuesta que obtiene parece situar el debate entre la escultura y la pintura.

No es de extrañar que Tiziano, que vivía en este ambiente, elaborase su propia respuesta en forma de pintura.  El estudio iconográfico de esta serie de Venus recreándose en la música parte de los mismos presupuestos simbólicos con algunas variaciones que no interfieren en el significado final de la obra. Partimos entonces de la idea de la doble lectura de estas obras:

Un análisis pre-iconográfico revela ante nuestros ojos una escena sumamente erótica, no solo por la obviedad de la carne desnuda sino por las actitudes de los personajes. El organista no puede evitar girarse y observar a la mujer que yace desnuda frente a sus ojos, es más, no establece contacto visual con ella, sino que ella –su sexo- es el objetivo visual en sí.  En ambas pinturas conservadas en el Prado sucede así.

En cambio, la actitud de ella siempre parece ser ajena a él. En Venus, cupido y un organista (N421)  se establece un estrecho contacto visual entre Venus y Cupido, mientras que en Venus  y un organista (N.420) ella se entretiene y acaricia un perro.

Tanto el órgano como el paisaje de fondo se mantienen casi intactos en todos los cuadros de esta serie. Siendo la excepción la Venus que se encuentra en Berlín, posterior a estas dos obras del Prado, que sí admite variaciones tanto en la manera de representar a Venus como en la manera de concebir el espacio exterior.

En esta avenida, como hemos comentado en páginas anteriores, se disponen una serie de elementos que se repiten en ambas obras (N.420 y N.421). Estos son tres: los amantes abrazados, algunos animales y una fuente que representa a un sátiro.

Un análisis iconográfico de todas las figuras expuestas hasta el momento revela que estamos ante la representación de la relación entre Belleza y música concebida por Tiziano, inspirada fuertemente en modelos clásicos. La elección del tema –mitológico- y su ejecución del desnudo femenino cargada de erotismo no eran infrecuentes en la obra de Tiziano, que posteriormente a estas pinturas realizaría para Felipe II en los años sesenta su serie de Poesie.

Volviendo al análisis simbólico de estas tres formas que se repiten en ambas obras descubrimos que se trata de alusiones a los aspectos pecaminosos o lascivos del amor o a los aspectos negativos del deseo amoroso. En primer plano está Venus, diosa clásica de la belleza, acompañada por Cupido y disfrutando de la música que el organista toca para ella. Tiziano podría haber plasmado de forma pictórica las complejas ideas neoplatónicas sobre la mirada y el oído como los sentidos válidos para alcanzar la idea platónica de Belleza. Recordemos que para Platón, la música era para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo, por lo tanto dentro de esta jerarquía del saber y de las artes, esta ocuparía un lugar preeminente. Tanto la pintura como la música aspiran a participar de esta idea suprema de Belleza, inalcanzable por métodos que aluden a las formas sensibles, táctiles.

Y sin embargo, los desnudos femeninos de Tiziano se nos antojan terriblemente sensuales y evocadores. Resulta irónico que precisamente una obra tenga dos posibles lecturas tan dispares entre sí. ¿Se debe esto a que no hemos sido educados en este ambiente neoplatónico de la Italia del siglo XVI? ¿Quiere esto decir que la obra de Tiziano no puede ser comprendida en su totalidad si no hemos leído las teorías neoplatónicas de Ficino, entre otros?

Carlota Castro Nogueiras

 

 

 

 

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