Un hallazgo numismático reciente: el tesoro de Tomares, Sevilla

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Hace poco escribía una entrada hablando de mi naciente colección de monedas romanas bajoimperiales. Quiso la casualidad que apenas un día después de colgarla en la red se hiciera público el descubrimiento de un gran tesoro de monedas de bronce en durante una obra de canalización de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir en el parque del Olivar del Zaudín, en la sevillana localidad de Tomares (a 29 de abril de 2016).

Este hallazgo no tiene las características frecuentes de otros casos similares, generalmente tesorillos escondidos con una cantidad variable de monedas y bienes muebles portátiles, enterrados por sus dueños ante la expectativa de una catástrofe, para luego recuperarlos, lo que eventualmente, en la mayoría de las ocasiones, no ocurría. Como decía, casualmente las monedas halladas corresponden al mismo periodo de mi interés y sobre el que empecé mi colección, esto es, las emisiones bajoimperiales.

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He aquí las monedas en cuestión.

El tesoro contiene, nada más y nada menos, que unos 650 kilos de monedas de bronce y de plata, escondidas en diecinueve grandes ánforas que fueron enterradas, y que nunca llegaron a entrar en circulación. Esta circunstancia ha permitido que las monedas lleguen hasta nuestros días sin apenas desgaste, en excelentes condiciones para su conservación y estudio. Los primeros acercamientos parecen confirmar que es un tesoro unitario, no reunido por acumulación, fechable íntegramente en el reinado de Diocleciano y la tetrarquía (284-311 d.C), con especial representación de Maximiano y Constantino, según un sondeo del 10% de las piezas.

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Véase claramente, en este caso, un follis de bronce del emperador Majencio, rival de Constantino, con su busto de perfil típico de las acuñaciones tetrárquicas.

Las monedas han sido rápidamente trasladadas al museo arqueológico de sevilla para su estudio. Ana Navarro, responsable del museo, destaca la importancia del descubrimiento: “Se trata de un hallazgo que, aún por estudiar y analizar, ya podemos calificar de una importancia enorme. Es un conjunto único con poquísimos paralelos. Desde luego, en la historia del Imperio Romano y del Bajo Imperio Romano en España, no conocemos nada similar” y que tiene una dimensión internacional, “Ya hemos sondeado con diferentes expertos italianos, ingleses y franceses y coincidimos en que se trata de uno de los descubrimientos sobre el periodo romano más importante (…) Seguramente será uno de los poquísimos hallazgos de este tipo de todo el Imperio”. En términos económicos, el valor de las monedas ascendería a varios miles de euros.

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Ana Navarro investigando las monedas en el Museo Arqueológico de Sevilla.

Esta especialista llama la atención, en primer lugar, sobre el contexto del hallazgo. Según explica sobre los contenedores, “No se trata de ánforas para almacenar vino o aceite, estas son más pequeñas y se usaban para transportar otras mercancías. Lo sorprendente es que se utilizaran para guardar dinero”. Además, el misterio aumenta porque de las diecinueve ánforas, nueve permanecen aún selladas y se ignora su contenido. La perspectiva de nuevos hallazgos en la zona ha llevado a la directora general de Bienes Culturales y Museos, Araceli García, a anunciar que la delegación territorial de la Junta de Andalucía va a solicitar al Ayuntamiento que paralice las obras y que valle la zona para proceder a hacer una excavación arqueológica de urgencia. Ya veremos que nos deparan las intervenciones científicas sobre el terreno.

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Las nueve ánforas selladas cuyo contenido permanece aún sin desvelar.

Hipótesis sobre el hallazgo ya han surgido unas cuantas, porque los interrogantes que lo rodean son también son numerosas. Según Ana Navarro: “Resulta sorprendente haber encontrado 19 ánforas repletas de monedas. Aunque hasta que no hagamos el estudio histórico no podremos afirmarlo, la hipótesis que barajamos es que ese dinero era usado para el pago de impuesto imperiales o el pago a las tropas. Hay que tener en cuenta que el Estado imperial era el que controlaba la acuñación de monedas, así que esto tiene que estar vinculado con algún tipo de funcionariado, relacionado con los poderes municipales del Bajo Guadalquivir” Añade que “O bien estaban escondidas debido a conflictos sociales, violentos, amenazas, algún tipo de efervescencia social o bien era el punto, dentro de un fuerte o edificio de tipo militar, donde se guardaba el dinero para pagar a los soldados”.

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Las monedas, intactas, en una de las ánforas fragmentadas durante el hallazgo casual.

Fuera como fuere, por añadir alguna hipótesis, se pueden hacer algunas reflexiones. El tema de las tropas es complicado, porque en España no había grandes acuartelamientos legionarios, salvando Legio (León), mucho más al norte. El tema de los conflictos sociales también es difícil por la época. Es verdad que en el siglo III hubo una gran inestabilidad política pero la emisión de la que hablamos pertenece al periodo de Diocleciano, que se caracterizó en la Península por la restitución del orden, a cargo de Maximiano, su colega occidental, cuya efigie aparece en al mayoría de monedas descubiertas. Quizá, tan acostumbrados como estamos a la corrupción en nuestros días, tan inusual hallazgo pueda responder a alguna artimaña de esta índole, o quizá tiene que ver con la política monetaria de Diocleciano, que por oposición a lo que haría Constantino décadas después, apostó por la disminución de moneda en circulación y el fomento de los pagos e intercambios en especie. Quizá las monedas se enterraron, no muy profundamente, por una orden imperial a este respecto, a la espera de que en otra coyuntura se recibiera la orden de desenterrarlas. Por otra parte, el tesoro siempre puede relacionarse con el viaje de Maximiano a España en dirección a África, que según algunos investigadores nos ha dejado como vestigio el gran complejo de Cercadilla, en Córdoba. La problemática, no obstante, persiste, por la existencia de monedas posteriores a este emperador, como las de Majencio y Constantino.

En cualquier, caso, el hallazgo de estas monedas ha sido verdaderamente espectacular, y espero con impaciencia la publicación de las investigaciones llevadas a cabo por los especialistas para saber más sobre el ya conocido como “Tesoro de Tomares”.

Autor: Alfredo Calahorra.

Para profundizar:

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/04/28/actualidad/1461825424_636184.html

http://www.revistadearte.com/2016/05/02/los-600-kilos-de-monedas-romanas-encontradas-en-tomares-depositadas-en-museo-arqueologico-de-sevilla/

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/unas-obras-en-tomares-sevilla-sacan-a-la-luz-19-anforas-con-600-kilos-de-monedas-romanas_10326

http://www.museosdeandalucia.es/cultura/museos/MASE/

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La colección de arte del Palacio de Lauso

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En el mundo antiguo oriental y griego el coleccionismo nunca existió como lo concebimos hoy. El arte fue un elemento ya religioso y de culto, o de propaganda, spolia ornato o representación política, pero nunca objeto de acopio por su valor intrínseco. Si acaso en el mundo helenístico pero sobre todo en Roma es cuando el arte se concibe per se y se forman las primeras grandes colecciones. De no ser así Plinio nunca hubiera podido afirmar que “no hay ningún romano culto que se precie no tenga en su jardín una copia del sátiro de Praxíteles”. Y de no ser así, tampoco se hubiera llevado al foro de Augusto el Laocoonte, ni a las termas el Toro y el Hércules Farnesio, o al templo de Apolo Medico Sosiano el grupo de las Nióbides. Este tipo de consideraciones nos ponen en contacto con una sociedad, la romana postaugustea, que consume arte en masa por razones culturales y estéticas ajenas hace ya tiempo a lo político y lo religioso; es, en definitiva, el origen del coleccionismo de arte y antigüedades tal y como lo conocemos hoy en día: una mezcla de gusto por los objetos antiguos y artísticos con mucho de obsesión y de fetiche, también de snobismo, de cultura verdadera o de pretensión de cultura, de alarde de clase y status…

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Anicia Juliana, una aristócrata bizantina del fines del siglo V. Fue representante del buen gusto de su época y encargó el lujoso Dioscórides iluminado, cuyo frontispicio pudo inspirarse en la “museografía” del Palacio de Lauso.

Sería de necios afirmar que esta noción se perdió en la Baja Época, y más aún en Oriente, donde las embestidas de los bárbaros se sobrellevaron con mejor fortuna y la “romanidad”, la romanitas, sobrevivió intacta, con el matiz cristiano, hasta casi el final de la Edad Media. Me refiero, claro está, al Imperio Bizantino. Es sorprendente como a día de hoy entre personalidades del mundo académico se sigue manejando una “cronología social” que sostiene que con la caída de Roma (habrá que entender, la occidental) los usos y costumbres de los orientales mudaron completamente para conformar una nueva civilización totalmente distinta y ajena a la anterior romana. Ya que este blog trata de coleccionismo y arqueología, la colección de arte de Lauso, un eunuco constantinopolitano del siglo V, puede ser un argumento perfecto para demostrar como esas fechas a las que convencionalmente damos tanta importancia, en este caso la caída de Roma y el surgimiento de Bizancio, no constituyeron en realidad una abrupta ruptura con la cultura romana, sino que ésta conservó sus formas hasta bien entrado el medievo.

Centrándonos en el asunto, decía, el coleccionismo tal y como lo conocemos hoy se originó y se convirtió en un rasgo característico de las clases dominantes romanas. Como avanzaba en el párrafo anterior, este tipo de costumbres no decayeron en absoluto en la Baja Época. De hecho, este eunuco Lauso fue quizá el dueño de la colección más importante jamas reunida de arte clásico desde la Antigüedad hasta nuestros días. Este personaje era ya conocido para los filólogos e historiadores desde siempre; fue el promotor de una historia eclesiástica que lleva su nombre (“Historia Lausiaca”) y según la misma sabemos que fue praepositus sacri cubiculi en Constantinopla hacia 420, siendo este un cargo destacado por su cercanía al emperador, y uno de los más altos a los que podía aspirar un eunuco. Es decir, se trataba de un alto funcionario asociado a las élites más escogidas del Imperio. Sin embargo, el personaje empezó a ser interesante para los historiadores del arte cuando se recogieron, en fuentes tardías, noticias acerca de una importante colección de escultura reunida por Lauso.

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Una copia romana de la Afrodita de Cnido, el primer desnudo femenino de la escultura griega. El original de Praxíteles estuvo en la colección de Lauso.

Cedreno escribió en el siglo XI y Zonaras en el siglo XII. Ambos se refieren a la colección de Lauso al narrar la destrucción del centro de Constantinopla durante la revuelta de Niká, arrasado por el incendio originado por la turba rebelde. Desgraciadamente para el patrimonio universal, el palacio de Lauso se encontraba en esta zona y tanto el complejo edilicio como las obras de arte que contenía fueron pasto de las llamas. Según Cedreno entre las obras perdidas estaban: “La Afrodita de Cnido de mármol blanco, desnuda, que cubría sus virtudes con las manos, obra de Praxíteles. También (…) el Zeus elefantino de Fidias, que Pericles dedicó en el templo de Olimpia” y añade que “se destruyeron muchas estatuas antiguas conservadas en su palacio, entre ellas la destacada Afrodita de Cnido.” Zonaras aumenta el índice de obras destruidas añadiendo ” la Hera de Samos, la Atenea de Lindos, la Afrodita de Cnido, todas ellas famosas obras maestras.” Entre otras obras expuestas en el palacio antes de la trágica revuelta de 532, un Eros y un Cronos de Lisipo, por ejemplo. Además, había muchas estatuas de animales de época helenística. En fin, como se puede apreciar, el exquisito gusto de este eunuco abarcaba desde obras arcaicas, hasta otras del segundo clasicismo de siglo IV y el temprano helenismo, bien representado por Práxiteles y Lisipo. Como órdago de toda la colección, se trasladó al palacio la estatua monumental del Zeus de Olimpia, tallada en oro y marfil por Fidias en el siglo V a.C.

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Planta de las ruinas tradicionalmente consideradas como el Palacio de Lauso.

Aunque a día de hoy existen algunas voces discordantes -como la de Bardill-suelen identificarse con el palacio de Lauso los restos de un importante complejo hallados muy cerca del Hipódromo, hoy plaza Sultanahmet, según propuso el renombrado bizantinista Cyril Mango. Se trata  de una gran basílica de recepción con un gran ábside y otros seis flanqueándolo, a razón de tres en cada lateral. Este edificio está precedido por una gran rotonda, que un día debió asemejarse al panteón de Roma, que a su vez se abre a la calle en un gran peristilo en forma de sigma. Ciertamente, el conjunto hay que fecharlo en el arco cronológico que abarca la vida de Lauso, y su destrucción en el contexto de la revuelta de Niká. Además, como sugirió Mango, el edificio casi parece construido ex profeso para la exposición de todas las obras maestras, habiéndose reservado para el gran Zeus de Fidias el ábside frontal. A ambos lados, el Eros y el Cronos de Lisipo simbolizarían el triunfo de la Virtud sobre la Fortuna. Siguiendo al Eros, puede que se colocaran Hera, Atenea y Afrodita, para recrear el Juicio de Paris.

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Propuesta “museográfica” de Mango para al exposición de las estatuas en el Palacio de Lauso. Identifiquense el Zeus de Olimpia, el Eros de Lisipo a su izquierda, y la Venus de Cnido un poco más abajo.

Fuera este o no el Palacio de Lauso, y ocuparan alguna vez o no aquellas maravillosas obras griegas originales aquel espacio, lo que si está claro es que, en una época ya predominantemente cristiana, y en un contexto palatino y aúlico como de el de la Constantinopla teodosiana, esta colección de ídolos paganos sólamente puede explicarse, como expuso maravillosamente Sarah Basset, por un gusto característico de las élites romanas, formadas en la paideia y en el contexto de la romanitas, que eran capaces de apreciar las obras de arte por su valor intrínseco y su dimensión exclusivamente estética, como alarde de cultura y posición social, pero también como fuente de disfrute personal, sensible e intelectual.

Autor: Alfredo Calahorra.

Para saber más

MANGO, M. VECKERS y E.D. FRANCIS, “The Palace of Lausos at Constantinople and its Collection of Ancient Statues”, en Journal of the History of Collections, 4, (1992), 89-98.

BASSET, SARAH, The Urban Image of Late Antique Constantinople, (Cambridge: Cambridge University Press, 2006)

TALBOT RICE, DAVID “Excavations on the Great Palace of the Byzantine Emperors”, en Actes du Congrès Internationale d’Études Byzantines, Tesalónica, (1953), 464-471.

—, “The Palace of Lausus and Nearby Monuments in Constantinople: A Topographical Study” (1997), en American Journal of Archaelogy, 101, 67-95.

http://penelope.uchicago.edu/~grout/encyclopaedia_romana/greece/hetairai/lausus.html

El comienzo de una colección numismática bajoimoperial

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En clase ya se ha tratado varias veces la importancia de la numismática en la historia del coleccionismo. A finales de la Edad Media y el Renacimiento,  esta actividad se convirtió para muchos nobles y soberanos en una forma de acercarse a la Antigüedad clásica con fines variados: desde los meramente intelectuales, compartidos por muchos sabios de la época, hasta el conocimiento de la historia o la legitimación y vinculación de sus dinastías a través de las glorias pasadas de Roma.

En nuestros días las monedas antiguas siguen siendo un objeto fácilmente coleccionable y relativamente accesible, aunque como en todo, hay diferentes maneras, unas más amateurs, otras verdaderamente compulsivas, según las que los coleccionistas completan sus antologías numismáticas. A mí mismo siempre me habían interesado las monedas por dos razones: la primera, más personal, es su propia materialidad. ¡Pensar que esta o aquella moneda circularon de mano en mano hace más de mil años! Por otra parte, me parece esencial el conocimiento de la iconografía monetaria, esencial en algunos periodos, como el Bajorromano y el Bizantino, que me atraen especialmente.

A mí siempre me había rondado la idea de empezar una colección pero nunca me había decidido a hacerlo. Un viaje de estudios a Mérida realizado recientemente me proporcionó la excusa para inaugurar por fin una modesta colección de emisiones tardoimperiales que cuenta ahora con tres monedas, que adquirí por su contenido iconográfico. Procedo a exponerlas aquí debajo:

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Follis de bronce de Constantino el Grande tipo “Cízico” (RIC VII, 34 E), acuñado en esta ciudad entre 325-326.. Anverso: Busto del emperador Constantino de perfil derecho, con túnica ceñida al hombro con un broche. Está tocado con la diadema. Leyenda: CONSTANTINVS AVG. Reverso: Fachada de una fortificación romana con puerta central, dos torres y una estrella. Leyenda: PROVIDENTIAE AVGG. Marca de la ceca: SMKE.

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Follis de bronce de Valentiniano I. Tipo “Aquileia” (RIC VII A ia -12 a xvi (a)) acuñado en esa ciudad entre 364-367. Anverso: Busto del emperador de perfil derecho, con túnica ceñida al hombro con un broche. Está tocado con la diadema. Leyenda: D(ominvs) N(oster) VALENTINIANVS. Reverso: El emperador en atavío militar sujeta el lábaro con su mano derecha, y con la izquierda agarra por la melena a un bárbaro vencido arrodillado. Leyenda: GLORIA ROMANORVM. Marca de la ceca:SMAQP.

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Follis de bronce de Arcadio. Tipo “Antioquía” (RIC  ix 68 c, A) acuñado en esa ciudad entre 392-395. Anverso: Busto del emperador de perfil derecho, con túnica ceñida al hombro por un broche. Está  tocado con una diadema. Leyenda D(ominvs) N(oster) ARCADIVS P(ivs)F(elix) AVG. Reverso: El emperador laureado con atuendo militar y paludamentum sujeta el lábaro en su mano derecha y un orbe en la izquierda. Leyenda: GLORIA ROMANORVM. Marca de la ceca: ANTA.

Autor: Alfredo Calahorra

Arte y arqueología para desvelar el origen de las bóvedas de crucería califales: ¿Bizancio de nuevo?

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Aunque probablemente la intervención califal en la mezquita de Córdoba ya estaba planeada en los últimos años de ‘Abd al-Rahmān III, fue su hijo el encargado de llevarla a cabo. Lo que para su padre fue la construcción de Madīnat al-Zahrā’, la erección de un palacio acorde a la dignidad del soberano, lo fue la ampliación de la aljama para al-Ḥakam II, que dotó a la mezquita de las características necesarias para acoger a un califa del Islam. En su primera decisión como gobernante, el día siguiente de morir su padre, Al-Ḥakam dispuso la ampliación de la mezquita.

En esta ampliación se añadieron al edificio doce tramos más, prolongando su longitud al máximo, lo que obligó a disponer un muro de contención de cara a la depresión del Guadalquivir, materializado en una quibla doblada. En el espacio resultante se dispusieron, al norte la cámara del tesoro, en el centro el miḥrāb habitacional y al sur el sābāṭ que comunicaba con el alcázar. A cada espacio se accedía por un vano de herradura, y sobre cada tramo correspondiente se disponía una bóveda de crucería califal. Al menos una más remataba los “pies” de la ampliación, la de la actual capilla de Villaviciosa, marcando ya el inicio de la ampliación o el lugar del icónico miḥrāb de ‘Abd al-Rahmān II. Las cúpulas se caracterizan por sus nervaduras que se cruzan, siguiendo diversos patrones geométricos, dejando un espacio vacío en el centro, donde remata una cúpula gallonada. Como resultado de la disposición de todos estos elementos arquitectónicos surge en el interior de la mezquita una verdadera maqsurah-basílica de tres naves con triple cabecera, lo que ha hecho suponer a autores como J. Dodds una influencia cristiana que pudo llegar vía el arte mozárabe, o quizá bizantina, si admitimos la presencia de arquitectos oriundos de Bizancio en la ampliación de al-Ḥakam, que habrían dispuesto la típica estructura de ábside flanqueado por prótesis y diakonikon. La celebración de ceremonias procesionales de dignatarios, exposición de objetos venerables y más tardíamente la procesión con el mítico Corán de ‘Uthmān, extrañas al mundo islámico en el contexto de una mezquita, también parece provenir de un contexto no musulmán., ya del cristiano-mozárabe o del bizantino.

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Partiendo del supuesto de que el origen de estas bóvedas no puede ser repentino y endógeno de la Córdoba del siglo X, por su complejidad y refinamiento, aflora la hipótesis de la importación de esta clase de estructuras arquitectónicas; y esta problemática viene de lejos. Amador de los Ríos afirmaba que el desarrollo de la arquitectura andalusí estuvo subordinado a los modelos bizantinos al menos hasta la época de Almanzor. En particular sobre las bóvedas, Romero Barros calificó estas cubiertas de “cobbas con cúpulas neo-griegas”, esto es, bizantinas.

No obstante esta teoría poco desarrollada del origen bizantino de las bóvedas de crucería califal fue abandonada en la primera mitad del siglo XX. Terrasse, prefirió, en el caso de las cúpulas de la maqsurah, atribuirles un origen mesopotámico, abasí, y las relacionó con la arquitectura de ladrillo: “La voûte nervée serait donc née au pays de l’architecture des briques, soit en Mésopotamie, soit en Perse oú elle survécu (…) sous la forme du pendentif á nervures”, aunque para el remate en forma de cúpula hemisférica gallonada sí admitía un origen bizantino.Esta interpretación fue asumida por otros estudiosos, como Lambert y Marçais, que vieron en estas arquitecturas préstamos del mundo abasí que llegaron a Córdoba a través de Ifriquiyā. Gómez Moreno les atribuía, sin concretar, un origen asiático, y citaba algunos ejemplos persas, armenios y sasánidas.

En esta línea Torres Balbás admitió el uso recurrente de bóvedas en las mezquitas aglabíes, aunque para él “las [cúpulas] africanas y las andalusíes pertenecen a distintas corrientes artísticas y presentan radicales diferencias”.Por ejemplo, para las cúpulas gallonadas no dudó que fueran de tradición bizantina.  Pero el modelo particular de las bóvedas de crucería califal, con nervios y cúpula gallonada, tuvo que ser una aportación específica del reinado de Al-Ḥakam II, que relaciona con otros préstamos abasíes de la época, como el arco apuntado, lobulado y entrelazado, aunque no se decide por un origen concreto, ante la problemática que presentan los paralelos presentes en iglesias armenias, y de las cubiertas persas de Isfahán.

Es a partir de los años 1980 cuando vuelven a relacionarse las cúpulas cordobesas con el mundo bizantino. Sorprendentemente, Pavón Maldonado propone un origen clásico o bizantino para la crucería califal, retrotrayéndose a partir de la aparición de diseños semejantes en dibujos y bocetos de Leonardo da Vinci (¡). Aunque su estudio, basado siempre en los patrones geométricos y decorativos, es discutible, no lo es tanto su conclusión de que, si no ya en el mundo antiguo, estas cúpulas debieron provenir del oriente griego medieval, por su “acusada personalidad bizantina”.

En los últimos años el principal defensor de la hipótesis bizantina para las bóvedas de crucería califal ha sido Antonio Momplet. En su manual de arte hispanomusulmán y en un artículo acerca de los arquitectos de la aljama ya planteaba brevemente las ideas que ha desarrollado más recientemente en un artículo monográfico sobre el tema, justificando el influjo bizantino en la arquitectura califal por la presencia de arquitectos y operarios bizantinos en Córdoba y las intensas relaciones diplomáticas establecidas entre el Califato y el Imperio, con una influencia mucho más allá de la decoración musiva. En el artículo que mencionaba, Momplet  incide en la más que posible filiación bizantino-armenia de los arquitectos que idearon  las bóvedas de crucería califales, con especial atención a los paralelos técnicos con la ingeniería bizantina y la arquitectura armenia.

En términos de ingeniería, en lo que respecta a la erección de las cúpulas, una de las técnicas utilizadas consiste en la disposición de travesaños de madera encadenados que constriñen la cubierta, reforzándola , como ha documentado Pedro Marfil,método desconocido en la Península pero recurrente en Bizancio, donde se utiliza para afianzar bóvedas y cúpulas, como explica R. Ousterhout, citado por Momplet: “The system of wooden ties, begun in the walls, continued into the level of the vaulting, where it became visible in the form of tie beams that extend across the springings of arches and barrel vaults” y continúa “Byzantine domes were normaly raised on windowed drums in which wooden reinforcement was employed. In addition to tie beams at the springing points, wooden chains that formed tensión rings were built into virtually every Byzantine dome.” Cómo puede comprobarse, este método es muy semejante al que se observa en las cúpulas cordobesas.

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En cuanto a algunas formas características, como la cúpula gallonada, Momplet le atribuye un origen bizantino, y ofrece el paralelo del célebre relicario de San Anastasio, procedente de la Antioquía bizantina, y datado en el siglo XI. Ya volveré sobre él más adelante. Continuando con su análisis, por los materiales empleados, básicamente la piedra, Momplet se inclina por el origen armenio de las cúpulas. En esta región, como en Anatolia y en Siria,  en la tradición local se tiende al uso de sillares pétreos, más que del ladrillo, más típico de Constantinopla y los Balcanes.En cuanto a la disposición de las cúpulas, alineadas en la cabecera en número de tres, es cierto que no existe paralelo en ninguna arquitectura bizantina superviviente de la época, pero sí en algunas representaciones, como el cetro de marfil de León VI.

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Con todo, el principal argumento para considerar el entorno bizantino, y en particular Armenia, como la creadora y difusora de las bóvedas de nervios cruzados, lo proporcionan sus arquitecturas mismas, donde técnica y formalmente se encuentran los paralelos más estrechos con Córdoba, aunque generalmente se consideren cronológicamente posteriores. En cualquier caso, las singulares características de la arquitectura armenia, como señala Momplet, radican en su posición privilegiada como “centro de conexión entre el Imperio Bizantino y el Califato abasí de Bagdad”. El vínculo que unía a esta región con Bizancio, al que fue anexada varias veces, era verdaderamente estrecho, y los armenios uno de los grupos étnicos predominantes en el Imperio, a tal punto de haber dado lugar a varias dinastías de soberanos. A nivel artístico, los arquitectos armenios gozaron de prestigio en la corte bizantina, donde se les ubica desde el siglo IX. Su principal representante es Tirdat, arquitecto de la catedral de Ani, que fue llamado a Constantinopla para consolidar la cúpula de Santa Sofía tras el terremoto de 989. Según las conclusiones de la tesis doctoral de J.A. Celik, citada por Momplet, habría que atribuir a este arquitecto Tirdat el monasterio de Aghpat, principal paralelo técnico, formal y cronológico de las bóvedas califales de Córdoba.

A este respecto considero que queda poco por decir acerca del origen de estas cubiertas monumentales. Solamente quisiera puntualizar algunas cuestiones, recordando siempre la noticia ya citada de arquitectos y geómetras bizantinos en la Córdoba califal. La primera, sobre la cúpula gallonada. Suele hablarse de su origen bizantino vía la mezquita de Qayrawān, cuya cúpula se cita como precedente. Sin embargo, si pasamos a considerar paralelos bizantinos del mismo periodo, existe un ejemplo destacado y ligeramente anterior a las cúpulas gallonadas cordobesas, que documenta la continuidad de este tipo de cúpulas en Bizancio en el siglo X. Se trata de la cubierta cupulada original de la iglesia de Myrelaion en Constantinopla,  capilla y mausoleo del palacio del emperador Romano I Lekapeno, hoy mezquita de Bodrum. Por lo menos desde entonces estas cúpulas gallonadas fueron muy populares hasta el final del Imperio, cuando alcanzan su mayor expresión en el monasterio de Chora.

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En segundo lugar, me parece conveniente añadir alguna consideración acerca de las cúpulas armenias de nervios cruzados. Si se admite que Aghpat, con sus dos pares de nervios que se cruzan dejando un espacio central, donde se repite la estructura en una linterna, a menor escala, es una obra de la segunda mitad del siglo X, entonces no sería descabellado plantearse la presencia en Córdoba de un arquitecto formado en esta tradición. De ser así, lo que se manifestó en Córdoba no es más que el refinamiento del modelo original, basado en nervios que se cruzan dejando un espacio en el centro a partir de un patrón geométrico originado de un tambor poligonal. Persiste, sin embargo, la brecha cronológica, porque en Armenia sólo aparecen cubiertas verdaderamente análogas a las cordobesas unos ciento cincuenta años después de que se ejecutara la ampliación de Al-Ḥakam II en la aljama. No obstante, estos son, a pesar de la distancia temporal, paralelos mucho más cercanos que las bóvedas persas de Isfahán, también posteriores. Pienso en los ejemplos referidos por Cuneo, como los de Gošavank, Xoranašat, Nelucivank’, Ktu’ Anapat, Xorakerti Vank’o Darašamb, construidos entre los siglos XII y XIII. Los patrones estrellados, en Córdoba octogonales y en Armenia hexagonales, el uso de la piedra en nervios y plementos, exacto, y la forma en que apean los nervios en el tambor, resultan a mi entender demasiado semejantes para que descartemos una conexión entre ambas tradiciones y hablemos de simple casualidad.

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Además de esto, existen algunas descripciones extrañas de edificios en el Gran Palacio de Constantinopla que pueden recordar a lo que encontramos en Córdoba. Un edificio particular llamado Mojroútas es descrito por Nicolás Mesarites durante su relato del golpe de estado de Juan Komneno el Gordo en 1201. Según Jean Ebersolt debe datarse en el siglo XI, y tenía la siguiente forma: la cubierta remataba en una serie de cúpulas con elementos pinjantes y arcos decorados con mosaicos de colores ricos sobre fondo de oro que lo hacían parecer un arco iris. Aunque se tiende a relacionarlo con las cubiertas de mocárabes, que habrían sido importadas tempranamente del mundo selyúcida, la descripción es ambigua y podría plantear un paralelo con lo construido en Córdoba.

Autor: Alfredo Calahorra

 

Para saber más…

Concepción ABAD CASTRO, “el “oratorio” de al-Ḥakam II en la mezquita de Córdoba”, en Anuario del departamento de Historia y Teoría del Arte, vol. 21, (Madrid: Universidad Autónoma de Madrid, 2009), 9-29.

José AMADOR DE LOS RÍOS Y SERRANO y Rodrigo AMADOR DE LOS RÍOS Y VILLALTA, Monumentos latino-bizantinos de Córdoba, (Madrid: 1879).

Jurgis BALTRUSAITIS, Le problème de l’ogive en Armenie, (Broché, 1936).

Paolo CUNEO, Architettura Armena, Vol. I y II (Roma: DeLuca Editore, 1988).

Jerrilyn D. DODDS, Architecture and Ideology in Early Medieval Spain, (Pennsylvania State University Press, 1990).

Jean EBERSOLT, Le Grand Palais de Constantinople et le Livre des Cérémoines, (París: Ernest Leroux, 1910).

Manuel GÓMEZ-MORENO, Arte árabe español hasta los almohades-Arte mozárabe, Ars Hispaniae III (Madrid: Plus Ultra, 1951).

Oleg GRABAR y Richard ETTINGHAUSEN, Arte y Arquitectura del Islam 650-1250, (Madrid: Cátedra, 1996).

AL-HIMYARI, Kitab ar-Rawd al-Mi’tar, trad. Mª PILAR MAESTRO GONZÁLEZ, (Valencia: ed. Caja de ahorros y monte de piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1963).

Richard KRAUTHEIMER, Arquitectura paleocristiana y bizantina, (Madrid: Cátedra, 2005).

Élie LAMBERT, La Grande Mosqué de Cordoue et l’Art Byzantin, en VI Congrès International d’Études Byzantines, Vol. II, (París: 1951), 225-232.

— “Les coupoules des grandes mosquées de Tunisie et d’Espagne aux IXe et Xe siècles”, en Hésperis, XXII, 1936, 127-132.

Pedro MARFIL RUIZ, “Estudio de las linternas y el extradós de las cúpulas de la Maqsura de la Catedral de Córdoba, antigua mezquita Aljama”, en Arqueología de la Arquitectura, 3, (CSIC, 2004), 91-107.

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Historia de la Arqueología en Estambul.

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sunset_over_bosphorusEstambul, “La perla de Mármara”, es hoy una megalópolis de mas de diez millones de habitantes y la ciudad más importante de Turquía, aunque su capital sea Ankara. La ubicación estratégica de la ciudad, en una península triangular que controla el Helesponto, continúa siendo la fuente de prosperidad de la ciudad, como lo ha sido en todas las épocas, a lo que se suma ahora el turismo para contemplar sus maravillas.

Sin embargo, Estambul no fue siempre Estambul.  “Εἰς τὴν Πόλιν”, “a la ciudad”, es la expresión griega con la que sus habitantes se referían a la urbe, y que los turcos terminaron por convertir en el topónimo actual de la ciudad. Y es que Estambul es sólo “recientemente” turca, desde 1453, pero fue griega desde que el mítico aventurero Byzas fundara la antigua Bizancio en lo que hoy es la punta del serrallo, en el 657 a.C. Después pasó a formar parte del Imperio Romano, en 191 a.C., ignorando el destino que le esperaba algunos siglos más tarde. En efecto, en el siglo IV d.C el Imperio Romano había cambiado: los enemigos-godos y persas-amenazaban las fronteras orientales y una nueva religión comenzaba a imperar, el cristianismo. En esa tesitura el emperador Constantino decidió cambiar la capitalidad del Imperio y para ello eligió Bizancio, a la que rebautizó con su propio nombre: Constantinopla. Desde entonces y tras la caída de Roma esta fue la capital del Imperio Bizantino durante más de mil años, hasta que fue conquistada por el Sultán Turco Mehmet II en 1453. Pero ¿Queda algo de Constantinopla debajo de Estambul?

map_of_constantinople_28142229_by_florentine_cartographer_cristoforo_buondelmonteNaturalmente, tenemos las fuentes históricas bizantinas para saber como fue la ciudad y los restos que áun permanecen en pie, como la Iglesia de Santa Sofía, la columna de Constantino, la muralla o la Puerta Dorada. Pero hay que retrotraerse a la época del humanismo para encontrar a los primeros viajeros y eruditos que se interesaron por la antigua Constantinopla, cuando en el siglo XV apenas era una sombra de lo que fue, una verdadera ruina. Destacado es el nombre de Cristóforo buondelmonti, pionero en el interés por la antigua Grecia, que recorrió el Egeo durante dos décadas, de 1410 a 1430. También visitó Estambul y nos dejó el primer mapa conservado de la ciudad, donde se advierten algunos monumentos, como Santa Sofía y el hipódromo. Otro temprano humanista nos dejó dibujos que nos ayudan a reconstruir los monumentos romanos de la ciudad: Ciriaco de Ancona acompañó al ejércido turco durante la toma de la ciudad, y dibujó la espléndida estatua ecuestre de Justiniano antes de que los invasores la fundieran para borrar todo rastro de los antiguos señores de la ciudad. Un documento importantísOLYMPUS DIGITAL CAMERAimo para conocer el estado de los restos antiguos en la ciudad durante el siglo XVI es la descripción de Constantinopla de Pierre Gilles, verdadero erudito y humanista, conocedor del griego antiguo y el latín, que recorrió oriente al servicio del Cardenal Georges d’Armagnac. En pleno siglo XVI Pierre Guilles es el verdadero padre de la Arqueología Bizantina. Buscó y rebuscó por la ciudad en busca de todo vestigio de ruinas antiguas, siempre con los textos antiguos en la mano, tratando de interpretar los restos y de identificarlos. Sorprende como muchas de sus atribuciones siguen vigentes hoy en día. Sin embargo, ya entonces encontró problemas. Primero, que fue testigo del desmantelamiento de la ciudad: los turcos destruían los edificios bizantinos y reutilizaban sus materiales en sus nuevas construcciones. Segundo, los habitantes griegos de la ciudad ya exasperaban a Pierre Gilles por ignorar la historia de sus propios monumentos cuando éste les preguntaba acerca de los mismos.

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Constantinopla en el Siglo XVI según un mapa de la época.

Con todo, no se hicieron grandes avances hasta el siglo XIX. En el XVII y el XVIII se vio la traducción de las obras de Pierre Gilles a varios idiomas, y acaso durante la Ilustración la obra de Gibbon atribuyó al mundo bizantino un aura decadente y corrompida que disuadió a los estudiosos de dedicarse a la bizantinística. No obstante su visión sesgada, The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776-1788), fue uno de los primeros acercamientos modernos a la historia de Bizancio. Es en el siglo XIX cuando la bizantinística surge con fuerza como disciplina, aunque, es verdad, Estambul siguió siendo más destino de viaje exótico para viajeros occidentales con sueños orientalistas que un verdadero objeto de estudio. Un hito importante fue la creación del Museo Arqueológico de Estambul en 1891, dirigido por Osman Hamdi Bey, aunque el museo no sólo recoge restos de Estambul sino del entonces Imperio Otomano y hoy de toda Turquía. Es al filo del siglo XX, con el avance en los estudios bizantinos en el siglo anterior, cuando aparecen los primeros estudios sobre la topografía y monumentos de la antigua Constantinopla, acompañados de excavaciones arqueológicas de los diferentes institutos arqueológicos de la comunidad internacional: Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia, Austria, EE.UU…

A principios del siglo XX destaca la figura de Jean Ebersolt, estudioso francés, discípulo del gran bizantinista Charles Diehl, doctor por la Sorbona y encargado de la misión francesa en Estambul. Se centró sobre todo en algunos monumentos icónicos de la ciudad, como Santa Sofía o el desaparecido Gran Palacio de los emperadores. Como Pierre Gilles cuatro siglos antes, combinaba el estudio de las fuentes históricas con el conocimiento sobre el terreno. Para las iglesias de Constantinopla es esencial el libro de Alexander Van Milingen, Byzantine Churches of Constantinople (1912), donde estudia todas las iglesias bizantinas supervivientes en la Estambul contemporánea. Otra figura importante en los estudios de topografía constantinopolitana en la primera mitad del siglo XX fue Ernest Mamboury, erudito de origen suizo que trabajó como profesor de Francés en Estambul. Paralelamente, dedicó toda su vida a trazar el mapa de las ruinas y terrazas que asomaban aquí y allá por toda la ciudad, que llegó a conocer como pocos. Su obra es aún hoy día de referencia para los investigadores. Un descubrimiento sin igual llevado a cabo por estas fechas fue el del peristilo de los mosaicos del Gran Palacio. Un incendio acaecido en 1935 sacó a la luz muchas estructuras bizantinas y la misión británica las excavó en 1935-1938 y 1951-1954. Fruto de las prospecciones arqueológicas surgió un conjunto de mosaicos sin igual por su calidad en todo el mundo romano, que ha sido atribuido a la época de Justiniano. Recientemente se han llevado a cabo nuevas excavaciones (1983-1997) a cargo de un equipo austriaco dirigido por el doctor Werner Jobst.1600-mosaicmuseumtiger

Un detalle del peristilo los mosaicos del Gran Palacio.

Otra figura ineludible en la primera mitad del siglo es Alfons Maria Schneider, de origen alemán, doctor en arqueología cristiana y profesor de Arte Bizantino e Islámico, que llevó a cabo excavaciones en el área de Santa Sofía, desenterrando en el atrio los magníficos restos de la basílica número 2, es decir, no la original, construida por Constancio II en 360, sino la reconstruida tras un incendio por Teodosio II, en estilo teodosiano, en torno a 420. Sus monumentales restos pueden verse hoy a los pies del salomónico edificio erigido por Justiniano para reemplazar el anterior, destruido durante la revuelta de Niká. 

800px-istanbul-hagia_sophia009Un friso de la Santa Sofía Teodosiana.

Después de la II Guerra Mundial las excavaciones continuaron. Por ejemplo, en el entorno de la actual plaza de Beyazit, donde Casson y Talbot Rice ya habían excavado en los años 30, se descubrieron los restos del  foro de Teodosio, emergiendo las bases de los gigantescos arcos de Triunfo que daban acceso a la plaza pública, en cuyo centro se ubicaba una columna monumental historiada a semejanza de la de Trajano en Roma. Destacadísimos fueron también los hallazgos en el área de Saraçhane, donde Martin Harrison, de la universidad de Oxford, encontró la cimentación y algunos restos de la decoración de la mítica iglesia de San Polieucto. Esta iglesia fue una construcción monumental coronada por una inmensa cúpula, precedente de Santa Sofía, erigida pocos años antes que ésta por la aristócrata Anicia Juliana, que rivalizaba con el emperador Justiniano. Sin embargo, nada quedaba de ella y nada se sabía de su ubicación. El estudio del bizantinista Ihor Sevchenko sobre los epigramas hallados en Saraçhane pudo determinar que estos restos pertenecían a la iglesia de San Polieucto. Los pilares del templo, de los que fue despojado en 1204, decoran hoy la plaza de San Marcos en Venecia, conocidos como “pilari acritani”, por atribuirles la tradición un origen en la ciudad de San Juan de Acre. Un capitel conservado en el Museo Arqueológico de Cataluña también se considera que procede de esta iglesia, fruto del expolio de los cruzados.archc3a4ologisches_museum_istanbul_2010

Suntuosos restos de la decoración esculpida de la Iglesia de San Polieucto, con el epigrama poético que ayudó a identificar el templo.

Los años 1960 vieron la publicación de dos de los estudios más importantes acerca de la topografía de la Constantinopla bizantina. El primero de ellos sigue siendo hoy el de referencia acerca de la ciudad y como tal es citado por los principales investigadores sobre el tema. Se trata de Constantinople Byzantine, développement urbain et répertoire topographique (1964) de Raymond Janin, sacerdote de origen francés que pasó gran parte de su vida Estambul. Como anteriores estudiosos, su obra compagina los descubrimientos arqueológicos con un riguroso conocimiento de las fuentes acerca de la ciudad. El texto va además acompañado de una detalladísima variedad de mapas y planos topográficos y arqueológicos de la ciudad que permiten seguir el texto con mayor facilidad. Además, el citado se complementa con su obra monumental, publicada en los años 1950, sobre la geografía eclesiástica del Imperio Bizantino, en varios volúmenes, el número III dedicado a la capital imperial. El otro gran estudio de la década de los 1960 es el de Rodolphe Guilland, doctor en letras, titulado Études de topographie de Constantinople Byzantine (1969), en dos volúmenes, donde estudia especialmente el entorno de Santa Sofía y el área ocupada por el antiguo Gran Palacio, actualizando la obra de Ebersolt. Otro texto más reciente es el del destacado bizantinista Cyril Mango, Le développement urbain de Constantinople (IVe-VIIe siècles) (1985) en el que se acerca al nacimiento de la capital y su posterior desarrollo en los primeros siglos de su existencia, deteniéndose en sus principales hitos artísticos y arquitectónicos, e incorporando fuentes más tardías como las patriografías de la urbe. También es destacada, por ejemplo, la contribución del equipo italiano liderado por Alessandra Ricci, que ha excavado la orilla asiática del bósforo en busca de los suburbios de la urbe. Allí estudiaron las ruinas atribuidas al exótico palacio de Bryas, construido por emperador Teófilo, y que esta estudiosa quiere identificar con un monasterio (1998). Una publicación más reciente, pero esencial para los arqueólogos en Estambul es la de Jonathan Bardill, Brickstamps of Constantinople, (2004), donde recopila todas las variedades de ladrillo usadas en la ciudad, su datación y sellado. Finalmente, hay que referirse a las excavaciones arqueológicas que se están llevando a cabo actualmente en el área, ahora drenada, que una vez ocupó el Puerto de Teodosio. Allí se han hallado los restos de 35 navíos de época bizantina. Importante también es la incorporación del Patrimonio arqueológico al panorama turístico de Estambul. Por ejemplo, el hotel Four Seasons ha incorporado diversas instalaciones para que puedan contemplarse los restos del Gran Palacio que se encuentran bajo el nivel actual del suelo. En esta incompleto resumen sobre los estudios en Estambul no podría faltar una alusión a la publicación períodica Dumbarton Oaks Papers, publicada por el instituto homónimo de Harvard, donde abundan las investigaciones sobre el área bizantina y particularmente sobre Estambul-Constantinopla.

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Restos de un barco comercial bizantino hallado en el puerto de Teodosio.

Tambien quisiera llamar la atención sobre las desafortunadas decisiones que el gobierno turco ha tomado en los últimos años respecto del Patrimonio bizantino, que parece ignorar, si no despreciar. El importantísimo sitio arqueológico de San Juan de Studion parece ser que va a convertirse en una mezquita, como ha ocurrido con el otro gran conjunto arqueológico del monasterio de Pantokrator, para colmo con fondos internacionales. Muchos monumentos bizantinos de la ciudad están en pésimas condiciones y en una situación de lamentable abandono: las murallas se caen, y su museo ha sido cerrado; otro tanto con los palacios  de Porfirogénito y Boukoleon, (este último que amenaza con derrumbarse), son ahora refugio habitual de personas sin techo y drogadictos, llenos de orines, heces y basura de toda clase, mientras que antaño a sus balcones se asomaron Justiniano y Teodora, mirando al estrecho.

En fin, para finalizar esta entrada voy a referirme a un medio actual para acercarnos a la realidad de ciudades antiguas: las reconstrucciones. En el caso de Constantinopla, la ciudad tiene dos principales. Una es la llevada a cabo por el artista francés Antoine Helbert, apasionado de Bizancio, que no sin una amplia revisión de la bibliografía, se propuso recrear una Bizancio utópica con todos los monumentos en su máximo esplendor.

constantinople_4Parte de la obra de Antoine Helbert, extremo oriental de la Península de Estambul, con el foro de Constantino, el Hipódromo, Santa Sofía y el Gran Palacio.

La otra gran reconstrucción entra en el campo de lo digital, y es bastante conocida, Byzantium 1200. Con una finalidad análoga a la de Helbert, dos diseñadores digitales turcos, Nuray Bal Hologlu y Mine Derin Ulugercek, han reconstruido la ciudad de Constantino en el Bósforo tal y como habría sido antes del saqueo cruzado de 1204, si todos los monumentos hubieran llegado en perfecto estado hasta esa época. Además, su proyecto viene avalado por importantes bizantinistas como Albrecht Berger, Johnathan Bardill, Robert Ousterhout y Jan Kostenec. Éste último firma el texto que acompaña el libro publicado con esta reconstrucción acerca del área del Gran Palacio, con el título de Walking trhu Byzantium, Great Palace Region (2007).

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El palacio de Boukoleon según la reconstrucción digital de Byzantium 1200.

Yo mismo y un amigo estamos llevando a cabo una reconstrucción del Palacio Imperial de Constantinopla sirviéndonos del conocido videojuego Minecraft, lo que facilita su difusión a públicos amplios de todas las edades y registros. En el enlace podéis ver el progreso del proyecto y nuestras reconstrucciones ya terminadas (una de ellas de la ciudad de Roma en el siglo V. d. C).

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Vista, desde los consistorios, de las termas de Zeuxippos, con las Scholae y la Chalke a la derecha, y el Milion a la izquierda. Al fondo, la columna de Justiniano y la basílica de Santa Sofía.

Autor: Alfredo Calahorra

Webs de utilidad:

http://www.dainst.org/dai/meldungen (Deutsche Archäologische Institut)

http://www.ifea-istanbul.net/ (Institut français d’Études Anatoliennes, IFEA)

http://biaa.ac.uk/ (British Institute at Ankara BIAA)

http://www.doaks.org/ (Dumbarton Oaks Institute)

http://www.istanbularkeoloji.gov.tr/web/32-238-1-1/muze_-_en/museum/announcements/yenikapi_excavations (Museo Arqueológico de Estambul, excavaciones en Yenicapi)

Bibliografía para profundizar (que se note que es lo mío):

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— A Temple for Byzantium: The Discovery and Excavation of Anicia Juliana’s Palace Church in Istanbul, (Londres: Harvey Miller, 1989).

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Los califas de Córdoba, coleccionistas de antigüedades clásicas y objetos exóticos.

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Las crónicas antiguas nos habían transmitido la faceta coleccionista de los califas omeyas de Córdoba, en especial de ‘Abd al-Rahmān III y su hijo al-Hakam II, cuya biblioteca, según dicen, llego a albergar más de cuatrocientos mil libros procedentes de todos los rincones del mundo conocido. Desgraciadamente a los libros de esta biblioteca no les esperó otro destino que el saqueo o el fuego. Pero hoy día la ciencia arqueológica está proveyéndonos de nuevos registros materiales para atestiguar y conocer la práctica del coleccionismo en la corte omeya, en este caso a través de obras de arte.

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Un folio extraído de un Corán andalusí del siglo XII.

Las obras de arte de las que estamos hablando son estatuas y sarcófagos antiguos, reutilizados en Córdoba y la ciudad palatina de Madīnat al-Zahrā’.

De las estatuas en particular que conocemos por las fuentes nada nos ha quedado, aunque han aparecido restos de esculturas fragmentadas, como una herma que una vez decoró Madīnat al-Zahrā’. Las dos estatuas más famosas decoraban las puertas de acceso meridional a la ciudad de Córdoba y a la ciudad palatina, por lo que ambas recibían en tiempos el nombre de bāb al-Súra, es decir, “puerta de la imagen“. Ambas eran estatuas romanas que representaban a jóvenes mujeres desnudas, probablemente identificables con la diosa Venus, lo cual dio lugar a la romántica historia que atribuía a estas estatuas la identidad de la hermosa Zahrā, concubina preferida de ‘Abd al-Rahmān III, que a la sazón habría dado nombre a la suntuosa ciudad-palacio.

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Fantasía morisca del pintor contemporáneo César Estrany.

Hoy, los estudios más modernos, como el de Susana Calvo, proponen que estas estatuas tenían una triple función: a) apotropaica, es decir, protectora, lo cual explica que se ubicaran sobre las puertas b) de prestigio, por enlazar con el mundo antiguo y la tradición clásica, que fue un referente a lo largo de la Edad Media, tanto para los cristianos como para los musulmanes, y c) dinástica, porque la estrella Venus, conocida por los árabes como al-Zuharā’, se identificaba como el astro de al-Ándalus y  protectora de la dinastía omeya. Además, ya los textos de la época, y esto es clave a la hora de hablar de coleccionismo, nos explican de que estas estatuas se valoraban, además, por su componente estético, o lo que es lo mismo, los árabes medievales de al-Ándalus valoraban el arte antiguo por su belleza y lo incorporaban a sus construcciones.

En cuanto a los sarcófagos, se han hallado en número de cuatro, y todos ellos presentaban las convenientes perforaciones que permitían usarlos como pilas de fuentes, que situadas en los patios de Madīnat al-Zahrā’, refrescarían los ambientes abrasados por el sol, que incide con fuerza sobre la sierra de Córdoba en los meses del estío. El estado de conservación de los sarcófagos-pila no es demasiado bueno, pero sí lo suficiente como para descifrar el tema que los decoraba, a saber: el hallado en el “patio de los relojes“, representa la Puerta del Hades, el procedente del “patio de los pilares“, la caza de Meleagro, y dos hallados en el entorno del jardín bajo, están decorados con escenas báquicas y una escena de filósofos y musas, respectivamente. Son todos de una excepcional calidad y están atribuidos a talleres romanos de los siglos I al III, que los labraron en mármoles ricos procedentes del Egeo. Debían provenir de antiguas necrópolis de la ciudad de Córdoba, destacado centro romano conocido como la Colonia Patricia Cordvba.

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Sarcófago de la caza de Meleagro.

La citada investigadora, Susana Calvo, propone una interpretación para comprender el uso de estos sarcófagos-fuente en Madīnat al-Zahrā’, que los vincula al renacer de la Antigüedad clásica en el al-Ándalus califal, y relaciona el emplazamiento de los restos antiguos con los espacios que en la ciudad palatina debieron asociarse al estudio y las ciencias, como el “patio de los relojes” así llamado porque en el mismo aparecieron varios cuadrantes solares. Allí, los sabios y astrónomos al servicio del califa habrían llevado a cabo sus estudios rodeados de un ambiente clásico, y sarcófagos como el de las Musas y los filósofos parecen apoyar esta interpretación, pues no hay que olvidar que Aristóteles, uno de los filósofos griegos por excelencia, fue, en el Islam medieval, el gran referente científico y filosófico.

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Fragmento del sarcófago de tema báquico, detalle de una ménade.

Pero, ¿Pudo llegar tan lejos el afán coleccionista de los califas como para importar ellos mismos obras clásicas, y no sólo servirse de aquellas procedentes de Córdoba y otras ciudades hispanas? Un caso que puede darnos una pista acerca del tema lo encontramos en el relato de una embajada andalusí a la capital del Imperio Bizantino, Constantinopla. Según el relato de al-Maqqarí…

“Entre las maravillas de Az-Zahrá, (…) había dos fuentes, con sus pilas, tan extraordinarias en su forma, y tan valiosas por su exquisita artesanía, (…) que constituían el principal ornamento del palacio. La más grande de las dos, que era de bronce fundido, estaba hermosamente decorada con bajorrelieves representando figuras humanas, y fue traída al Califa desde Constantinopla por Ahmad el griego (Al-yunáni, اليوناني, ¿el filósofo, الفيلسوف?) y Rabí, el obispo (Rabí ibn Zayd = Recemundo, obispo de Elvira). Todos coinciden en que tal era el gusto de los diseños de aquellas fuentes, y la magnificencia de sus materiales, que su valor estaba casi más allá de lo estimable. La más pequeña parece haber sido, sobre todas las demás, una auténtica maravilla del arte. Fue traída de lugar en lugar hasta que llegó a un puerto, donde fue subida a bordo de un navío y llevada a Al Andalus. Cuando el Califa la recibió, ordenó que se colocara en el dormitorio del salón oriental, llamado Al-Múnis, y le fijó doce figuras, (…) representando diversos animales: (…) un león, un antílope, un cocodrilo, un águila y un dragón, una paloma, un halcón, un pavo real, una gallina, un gallo, un milano real y  un buitre. Todos, además, estaban ornamentados con joyas, y el agua brotaba de sus bocas”

Otra fuente añade que la segunda pila procedía de Siria o del interior de Asia Menor, pero probablemente embarcó rumbo a al-Andalus en Constantinopla. Era de color verde y “tenía grabados y esculturas antropomórficas y no tenía precio.” Fue instalada en el salón oriental de la residencia del califa llamado Al-Múnis.

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Cierva de bronce procedente de Madīnat al-Zahrā’ que recuerda a las figuras que decoraban las fuentes bizantinas.

En definitiva, el califa ordenó disponer en su palacio, en el esplendoroso salón de al-Múnis, que se nos describe recubierto de oro, plata, marfil y piedras preciosas, estas dos pilas, una de bronce y otra de mármol, decoradas con relieves antropomorfos. Sin embargo, la descripción de estas piezas resulta cuanto menos sugerente, y puede recordarnos a objetos más clásicos que bizantinos, sobre todo porque no se conservan, labradas por esta cultura, pilas de fuentes suntuosas, pero su descripción sí coincide con el aspecto de un sarcófago romano. Sea cual fuera su procedencia última, la importación de estas dos fuentes desde el otro extremo del mediterráneo nos ponen en contacto con el afán coleccionista de los califas. Otro episodio, en este caso asociado a un objeto exótico, también tiene que ver con una embajada bizantina…

“En el centro de esta estancia [el salón del trono, Qasr al-Kholafá, ألخليفة قصر], o de acuerdo con otros, en lo alto de la fuente descrita anteriormente, que ellos sitúan en este lugar, se colocó la perla única regalada a An-Nássir por el emperador de los griegos, León , entre otros valiosos objetos.”

En esta ocasión ‘Abd al-Rahmān III depositó esta perla descomunal, por su tamaño y  belleza, sobre una de estas fuentes de las que hablábamos, quizá imitando el pabellón que el emperador Teófilo se había construido para habitar en su palacio de Constantinopla, conocido como Margaritis, es decir, “la perla“.

Acabaré este repaso por la faceta coleccionista de los califas acercándome a los libros, de los cuales hablaba al principio de este post. Entre los brillantes regalos que llegaron de Bizancio, los califas valoraron especialmente los libros. Uno de los más importantes de entre los que llegaron a Córdoba procedentes de la ciudad del Helesponto fue una copia iluminada del célebre tratado de botánica de Dioscórides: 

“Cuando este príncipe [Abd-al-Rahman III] reinaba entonces en España, recibió (…) de parte de Romano, rey de Constantinopla, una carta y regalos de valor considerable. Entre estos presentes se encontraba el tratado de Dioscórides, donde las plantas habían sido representadas de una manera admirable por un artista griego. La obra estaba escrita en griego (…). El emperador romano decía en su carta que sólo podía obtenerse provecho del Dioscórides con un traductor avezado en el griego y que conociese las propiedades de esas drogas. “Si tienes en tu país a alguien”, decía, “que reúna estas dos condiciones, sacarás, oh rey, la mayor utilidad de este libro. An-Nássir respondió al rey Romano, le pidió que le enviara un hombre que supiera hablar griego y latín, y que pudiera instruir esclavos destinados a ser traductores. El rey Romano le envió entonces a un monje llamado Nicolás que llegó a Córdoba en el 340 [junio 951-mayo 952]. Había entonces en Córdoba una serie de médicos que investigaban, indagaban y buscaban con avidez  el modo de determinar los nombres que figuraban en el Dioscórides (…) el más interesado y diligente entre ellos era el judío Hasday ibn Sáprút.  El monje Nicolás pasó a ser para él la persona más íntima y apreciada. Así pudo comentar los nombres de los simples del libro de Dioscórides que aún eran desconocidos [en lengua árabe].”

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Folio 6v, zarzamora común, Dioscórides de Viena, ca. 515, ÖNB.

La obra de Dioscórides (s. I d.C), de Materia Medica es uno de los textos clásicos más importantes sobre botánica y medicina y tuvo una importante repercusión en la Edad Media. En al-Andalus sólo circuló una versión incompleta procedente de Bagdad hasta la llegada del ejemplar bizantino y la traducción de Nicolás. Aparte de su valor científico, obras como el Dioscórides iban frecuentemente ilustradas. En el texto ya se destaca el valor de sus ilustraciones, pues las “plantas habían sido representadas de una manera admirable por un artista griego”. Un ejemplar famoso conservado, el Dioscórides de Viena, realizado en Constantinopla para la patricia Anicia Juliana ca. 515, contiene más de cuatrocientas ilustraciones de excelente calidad que nos pueden dar una idea sobre la naturaleza del volumen que nos ocupa, cuya fecha de elaboración no conocemos. Otro ejemplo, menos suntuoso pero coetáneo al califato de Córdoba es el Dioscórides de la biblioteca Morgan, iluminado en el siglo X. Desde su traducción el Dioscórides se convirtió en un libro de cabecera para los científicos de al-Andalus: médicos, botánicos, agrónomos y filósofos, desde Abulcasis a Averroes o al-Baitar. Además, se ha destacado su importancia en la introducción de nuevas especies vegetales en al-Andalus y su influencia en la jardinística andalusí e islámica en general. El jardín se llenó con todas las especies conocidas, valorables por su aspecto, su aroma o sus cualidades medicinales, tratando de emular el Paraíso.

Autor: Alfredo Calahorra Bartolomé

 

Bibliografía:

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— “La diplomacia del libro en Bizancio, algunas reflexiones en torno a la posible entrega de libros griegos a los árabes en los siglos VIII-X”, en Scrittuara e Civiltà, n.20, (Turín: Bottega d’Erasmo, 1996), 9-43.

“¡Oh Zahra, vuelve a ser!…pero ella contesta: ¿vuelve acaso quien ha muerto?”: El milagro de Madīnat al-Zahrā’. De Córdoba la Vieja al Centro de Interpretación.

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Arquería restituida del Salón Rico de Abd al-Rahmān III.

En el siglo XV asomaban, en la serranía cordobesa, los muros pétreos, fustes agrietados y placas de mármol de una enorme ruina , de desconocido origen, que unos monjes expoliaron sin miramientos para erigir su cenobio, no muy alejado, consagrado a San Jerónimo. No sabían que estaban sirviéndose de los materiales que un día refulgieron, esplendorosos, como el más bello y suntuoso palacio de Europa occidental en la Edad Media: Madīnat al-Zahrā’, la ciudad palatina del Califa de al-Andálus, ‘Abd al-Rahmān III.

Una vez, entre aquellos sillares y tableros labrados, corrió el agua por las fuentes doradas traídas desde Constantinopla, y el soberano del Islam se solazó con sus concubinas en los jardines del paraíso. Pero la corta vida de esta joya que fue Madīnat al-Zahrā’ no llegó a superar la del nieto de Abd al-Rahmān, Hishām II, pues una rebelión arrasó el palacio en 1010. Sólo pudo brillar durante setenta y cuatro años.

A tal punto llegó su destrucción que su recuerdo desapareció de la memoria de los cordobeses, que llamaban a las ruinas Córdoba la vieja. Para el siglo XVI Ambrosio de Morales, enviado por Felipe II para investigar el pasado antiguo de sus dominios, afirmaba en sus Antigüedades de las ciudades de España (1575), que aquellos restos pertenecían, por lo clásico de los relieves y capiteles, a la Colonia Patricia fundada por Marcelo, allá por el siglo II a.C. No obstante, no tardó en ser rebatido, y en 1627, en Antigüedades y excelencias de Córdoba, Pedro Díaz de Rivas, afirmaba que aquellas ruinas pertenecían a la época de la dominación árabe, en lo que fue seguido por el Padre Ruano en su Historia General de Córdoba (1760). Ambos concluyeron que por su riqueza, sólo se podían atribuir al Califa ‘Abd al-Rahmān. José Antonio Conde, en Historia de la dominación de los árabes (1820-1821) ya aventuraba que en algún lugar de la sierra debían erigirse los restos de Madīnat al-Zahrā’, sin proponer una localización exacta. Sin embargo, restaba ya poco tiempo para que la suntuosa ciudad palatina volviera a salir a la luz. Las primeras traducciones del árabe de las principales fuentes acerca de la ciudad, como la memorable al-Maqqari publicada por Pascual Gayangos, junto a Ibn Idhari o al-Idrisi, que debemos a eruditos como Fagnan y Dozy, contribuyeron a esclarecer la identidad de los restos de Córdoba la Vieja.

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Capitel procedente de Madīnat al-Zahrā’.

Siguiendo las indicaciones de la traducción de Maqqari, Pedro de Madrazo identificó definitivamente el yacimiento con la ciudad palatina y fue el primero en excavar, aunque de forma rudimentaria la extensa ruina, en 1854. No obstante, las excavaciones debieron paralizarse por las protestas del marqués de Guadalcázar, dueño de los terrenos. Habría que esperar cincuenta y seis años hasta que, en 1911, Ricardo Velázquez Bosco emprendiera una verdadera excavación arqueológica en términos modernos. Los valiosos descubrimientos del arquitecto, que dirigió las excavaciones hasta 1923, sacaron a la luz las habitaciones del Califa y numerosos restos decorativos de estilo bizantino. Sus hallazgos están recogidos en Arte del Califato de Córdoba: Medina Azzahara y Alamiriya (1912).

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Velázquez Bosco y sus colaboradores en las excavaciones (1911).

Su sucesor a la cabeza de la excavación fue Félix Hernández que dirigió los trabajos de 1923 a 1936 y, tras el parón que supuso la Guerra Civil, de 1943 a 1975. Gracias a su extraordinaria labor, debemos, entre otras cosas, el descubrimiento y anastilosis del suntuoso Salón Rico, cuya restauración ocupa a los arqueólogos hasta nuestros días. Muy cerca estuvo de componer la obra definitiva sobre el yacimiento, Madinat al-Zahra. Arquitectura y decoración (1985), que a causa de su póstuma publicación careció de fotografías y dibujos, lo que complica su consulta. Otros nombres importantes para el yacimiento en esta época son R. Castejón y B. Pavón Maldonado, éste último destacado por investigaciones como la Memoria de las excavación de la mezquita de Medinat al-Zahra y sus sucesivos estudios acerca de motivos ornamentales. A Félix Hernández le sucedió, entre 1975 y 1982, R. Manzano Martos. También se dedicaron al estudio del monumento Leopoldo Torres Balbás y Manuel Gómez Moreno, que publicaron sus respectivas interpretaciones en sendos volúmenes generales -pero eruditos-acerca del arte hispanomusulmán. Las siguientes aportaciones son la excelente síntesis de S. López-Cuervo, Medina-az-Zahra. Ingeniería y Formas (1985), y el enciclopédico texto de Antonio Vallejo Triano, La ciudad califal de Madīnat al-Zahrā’. Arqueología de su arquitectura (2010), que vertió en dicho volumen toda su experiencia y conocimientos adquiridos durante su dirección del recinto arqueológico (1985-2013). Actualmente dirige las excavaciones José Escudero Aranda. Las últimas investigaciones y propuestas pueden seguirse en la publicación homónima que se edita en torno al monumento.

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Vista aérea de las excavaciones.

Los últimos años del siglo XX vieron la puesta en valor del monumento y su apertura al gran público, desde que en 1985 el recinto pasara a ser gestionado por la Junta de Andalucía. 2009 se convirtió en un año clave en la investigación y difusión de Madīnat al-Zahrā’, con la inauguración del Centro de Interpretación, un complejo dinámico dedicado tanto al estudio los restos hallados en el yacimiento como a la recepción de visitantes. Se han destacado tanto su versatilidad como espacio expositivo, como su propio perfil arquitectónico, lo que le valió, en 2010, el premio Aga Khan de arquitectura. Su ejemplar gestión y labor investigadora y educativa fue recompensada en 2012 con el premio Museo Europeo del Año. Mientras escribo estas lineas, el recinto arqueológico de Medina Azahara se postula para formar parte las de ciudades islámicas de la lista de Patrimonio de la UNESCO.

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Las modernas instalaciones del Centro de Interpretación.

A pesar de su tardío descubrimiento y de las dificultades que plantea su interpretación, la ciudad palatina es hoy un ejemplo de excavación, estudio, puesta en valor, rehabilitación y difusión del Patrimonio, gracias a los científicos y profesionales que se han encargado de gestionarlo. Es un lugar imprescindible abierto a todos los visitantes, tanto para aquellos estudiosos interesados en el arte islámico medieval, como para aquellos que sólo desean perderse entre las columnas y pilares y evocar, rodeados de los tableros de ataurique, las mil y una historias que, en su época de esplendor, tuvieron lugar entre los muros de Madīnat al-Zahrā’. 

Autor: Alfredo Calahorra Bartolomé

 

Aquí la referencia bibliográfica básica…

Manuel ACIÉN ALMANSA, Materiales e hipótesis para una interpretación del Salón de ‘Abd al-Rahmān al-Nāṣir, en El Salón de ‘Abd al-Rahmān III, (Córdoba: 1995), 177-195.

Antonio ALMAGRO, Planimetría de Madīnat al-Zahrā’, (Granada: CSIC, 2012).

D. Fairchild RUGGLES, Islamic Gardens and Landscapes, (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 2008).

Manuel GÓMEZ-MORENO, Arte árabe español hasta los almohades-Arte mozárabe, Ars Hispaniae III (Madrid: Plus Ultra, 1951).

Oleg GRABAR y Richard ETTINGHAUSEN, Arte y Arquitectura del Islam 650-1250, (Madrid: Cátedra, 1996).

Félix HERNÁNDEZ GIMÉNEZ, Madīnat al-Zahrā’, arquitectura y decoración, con nota preliminar de Purificación MARINETO SÁNCHEZ y prólogo de Antonio FERNÁNDEZ PUERTAS, (Granada: Patronato de la Alhambra, 1985).

Luis MOLINA, “Sobre el estanque de mercurio de Medina Azahara”, en al-Qantara, XXV, 2, (CSIC, 2004), 329-333.

Basilio PAVÓN MALDONADO, El arte hispanomusulmán en su decoración floral, (Madrid: ICMA, 1990).

— “Presencia helenística y bizantina en el arte omeya occidental”, en Andalucía Islámica: notas sobre arte y arqueología hispano-musulmana en Andalucía, 4-5, (Granada: Universidad de Granada, 1983-1986), 279-305.

— El arte hispanomusulmán en su decoración geométrica, (Madrid: ICMA, 1975)

— Memoria de la excavación de la Mezquita de medinat Al-Zahra., (Madrid: CSIC, 1966).

Henri TERRASSE, L’art hispanomauresque, des origines au XIIIe siècle (Paris: G. Van Oest, 1932).

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